miércoles, 30 de marzo de 2016

Viaje a Namibia: Dos días y una noche en el desierto del Namib

Aunque ya hace una semana que he regresado de Namibia, intento alargar el viaje con el recuerdo de multitud de momentos vividos, a través de mis fotos y de mis impresiones. He disfrutado cada instante de su amabilidad y su variedad ofreciéndome la oportunidad de vivir el África de siempre.

 
Tras una noche en Windhoek y un primer contacto con este variado país, ponemos rumbo al desierto del Namib, donde nos alojamos en un magnífico lodge con vistas a grandes y rojizas dunas y que más tarde nos regalará la primera puesta de sol de nuestro viaje. Después del almuerzo nos trasladamos en nuestro camión, hasta un minúsculo aeródromo, desde donde despegamos para sobrevolar una parte de ese impresionante Desierto. La vista es tan sobrecogedora que ni tan siquiera el desagradable sonido de las hélices de la avioneta, merman la emoción. Difícil decidir hacia dónde dirigir  la vista, mirando a un lado y a otro quiero capturar cada imagen para el recuerdo. En definitiva, un tranquilo vuelo de 45 minutos, solo alterado por algún pequeño movimiento debido al viento, me permite disfrutar de un paisaje de inmensas dunas, donde al incidir la luz del sol en sus crestas, resaltan inusitadas formas, a veces de colores rabiosamente rojos. 


Pero sin duda también me llamaba la atención, poder ver de cerca el misterio de la naturaleza que aquí se produce y que es conocido como  “los anillos de las hadas”, unas superficies circulares estériles, rodeadas de vegetación, salpicadas a miles y que aparecen y desaparecen de una forma regular. Aunque en los últimos años científicos de varios países los han estudiado con el fin de determinar su origen, sigue habiendo diferentes teorías, también en sus comportamientos. Para los Himba, la tribu que habita el desierto, no son más que las huellas de los dioses que habitan la tierra.
Con mucha pena aterrizamos, pero con el ánimo de que aún quedaba mucha tarde por delante en nuestro lodge, que como antes adelanté, desde su situación privilegiada nos regaló una bonita puesta de sol, mientras disfrutábamos de una cerveza fría del país. Aunque al día siguiente seguiríamos recorriendo el desierto del Namib, está sería nuestra única noche en ese paraje tan especial, donde el cielo se ilumina con miles de estrellas que invitan a querer saber más sobre ellas.
 
El día se anunciaba intenso y el madrugón era necesario, en vehículos 4x4 nos adentramos en el parque nacional del Namib-Naukluft para avanzar por el interior del desierto y llegar al valle de Sossusvlei, donde se encuentran las dunas más altas del mundo. Aún a una hora prudente, comenzamos nuestra ascensión a la cima de una duna bien alta, la duna 45, siempre conviene hacerlo lo más temprano posible, porque cuando el sol aprieta, la arena está blanda y dificulta la subida, por no hablar del calor que avanza por minutos. 




No sin algún jadeo, consigo llegar a la cima y con el desierto a mis pies y rodeada de grandes dunas, entiendo que el esfuerzo ha merecido la pena y la bajada la encaro con más alegría y disfrutando de cada paso que doy. Seguimos nuestro recorrido por la zona y caminamos unos 40 minutos hasta Dead Vlei, una laguna salina muerta, cuarteada por una extrema  sequedad y salpicada de esqueletos de milenarios árboles petrificados que ofrece un paisaje sobrecogedor, suavizado por las dunas de color rojizo más altas del mundo que la rodean.


Tras regresar al camión acabamos nuestro recorrido por el Namib y nos encaminamos hacia nuestra siguiente etapa, Swakopmund.



















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