domingo, 24 de octubre de 2010

DESIERTOS: algo que hay que vivir al menos una vez en la vida.


Hace unas semanas, organicé un viaje al Sáhara argelino, en concreto a la zona del Tadrart, era un viaje para un solo viajero y este solitario aventurero, resultó ser el hijo de la persona con la que realicé mi primera actividad por el desierto: Toño.

Si la memoria no me falla, fue en navidad del año 1980, cuando organizamos nuestro primer grupo a la zona del Hoggar, en el sur de Argelia. En aquella época, un maquiavélico cambio de divisas convertía a este país en uno de los más caros del mundo y hacía imposible plantearse contratar cualquier actividad localmente. Nosotros diseñamos nuestra propia logística, innovadora en su momento, y bajábamos nuestros propios vehículos y recogíamos a nuestros clientes en el aeropuerto de Tamanrrasset, era una larga travesía de unos 3500 kms por trayecto pero la “aventura” es así. Nuestro chofer en aquella ocasión fué Toño, el ya llevaba a sus espaldas la experiencia de haber atravesado el desierto varias veces conduciendo su propio vehículo. Había recorrido Malí, el rio Níger, la carretera transahariana… En síntesis: un gran viajero al estilo de aquellos tiempos; para mí fue toda una suerte tener la ocasión de poder viajar con él. Tengo que reconocer que el vehículo que utilizamos no era el más apropiado para aquella ruta, era una furgoneta Mercedes MB 130 de ocho pasajeros, pero las manos de Toño y los riñones de todos los demás, permitieron hacer el tour del Hoggar, aunque en alguna cuesta, mientras empujábamos el coche, nos acordáramos de “todo”. La revista de Mercedes publicó un artículo de varias páginas relatando nuestra aventura a bordo de aquel vehículo, más propio de otras actividades que para el uso que nosotros le dimos.

Desde aquel momento me enamoré de los desiertos, otra afición a añadir a la de la montaña. Con los años, y después de acumular decenas de rutas y de visitar un buen montón de paises, me sigue pareciendo un ecosistema único y una experiencia imprescindible en la vida de un viajero. A mucha gente la palabra desierto les sugerirá monotonía, vacío, la nada… Para mí, el desierto es sinónimo de grandes espacios, de paisajes infinitos, de noches donde el cielo se cuaja de estrellas.
Contra lo que pueda parecer el desierto es cambiante, lleno de contrastes, de mares de dunas, de “hamadas” de piedras donde nada levanta diez centímetros en el horizonte, de oasis llenos de vida. La sensación de subir a una duna, la más alta que encuentres y disfrutar del impresionante y cada día anhelado silencio, sentarte, con los pies desnudo en la arena, a ver la puesta de sol, esto es algo que hay que vivir al menos una vez en la vida.
JAM

jueves, 14 de octubre de 2010

Ningún paquistaní invitado al Bernabeu

En el mes de septiembre de este año, entre las muchas tragedias que se han sucedido en el mundo, creo que las inundaciones de Pakistán se han llevado el triste primer premio, miles de muertos, un enorme porcentaje del país inundado, millones de desplazados, infraestructuras destrozadas… Pero sobre todo, creo que lo más llamativo ha sido la falta de reacción de occidente, que de alguna manera, ha dado la espalda a este país y posiblemente haya ahondado aún más la brecha existente con el mundo islámico, este aspecto no habrá pasado desapercibido por los integristas que aprovecharan para, en ese río revuelto, ganar adeptos a su causa. Sin duda una gran tragedia. Los medios de comunicación la llevaron a sus primeras páginas, a sus informativos y durante algunos días pudimos ver la tímida reacción de algunos gobiernos y ONGs ante una de las mayores tragedias que ha vivido Asia en muchos años. Como tantas otras veces, superado el impacto mediático, las noticias van abandonando portadas y se acaban perdiendo en páginas interiores hasta que desaparecen. Hoy nadie ya presta atención a lo que pasa allí, aunque estoy seguro que la devastación sufrida, las enfermedades y la desnutrición siguen y seguirán haciendo estragos entre los indefensos pakistaníes por años. Dicho esto, creo que no aporto nada a lo que casi ya todos sabemos de cómo los medios de comunicación tratan los desastres. Sin embargo me llama la atención, como se ha hecho con otra tragedia que ha conmocionado al mundo, coetánea a la de Pakistán, la de los mineros chilenos. Víctimas de una lamentable gestión de los sucesivos gobiernos y de unos empresarios interesados solo en sus beneficios, 33 personas quedan atrapadas en el interior de una mina en mal estado y pésimamente mantenida, una tragedia. Rápidamente saltan a los medios, los nombres y los aspectos humanos de cada una de esta personas y todo el planeta se siente aliviado cuando se comienzan las labores de rescate y el final es feliz, ¡magnífico! todos estamos contentos. Los días pasaron y la información se mantuvo en las primeras páginas, esto sí…. poca información sobre los culpables de haber mantenido este tipo de explotaciones en el siglo XXI. Los medios se ocupan de airear la agitada vida que les espera a esto hombre que han conseguido volver a la superficie, entrevistas en prensa, radio y televisión, viajes, regalos millonarios, incluso el Real Madrid les invita a su estadio, famosos jugadores les regalaron camisetas firmadas, toda una fiesta. El pasado Miércoles día 13 de octubre se realizó el rescate, cientos de cámaras estuvieron presentes, la gran fiesta mediática esta montada, preveo un festín sin mesura, explotando los aspectos más banales y superficiales de esta tragedia.
A estas alturas de mi comentario, creo que ya es momento de establecer comparaciones. La vida de 33 mineros, es primera plana de todos los medios de comunicación del planeta por más de un mes, sin embargo la vida y el sufrimiento de cientos de miles no lo ha sido. ¿Cuales han sido las diferencias? ¿Por qué a unos sí se les presta atención y a otros no? Probablemente Pakistán no sea simpático a la comunidad internacional, pero sus gentes no son culpables de que el país se haya utilizado para los juegos geopolíticos de los gobiernos y por ello parecen haber sido estigmatizados y les damos la espalda a su sufrimiento. ¡No es justo!. No haría falta decirlo: pero no quiero que quede ninguna duda de mi solidaridad con los mineros a los que deseo lo mejor, pero trataré de evitar ver el circo mediático que, me temo, se va a montar a su alrededor. Ellos como víctimas de un sistema que ha permitido la situación que casi le cuesta la vida, se merecen lo mejor, pero no sé si eso va a ser lo que les espere.
JAM